Salgo de casa como cada mañana y miro a mi alrededor; tiendas, bares, bancos... y más tiendas. Si miro un poco más arriba, donde dicen algunos ancianos que en tiempos estaban las nubes del cielo, veo multitud de vallas publicitarias. En la calzada, coches y camiones con más publicidad y marcas comerciales tatuadas en su piel metálica. En la acera pasando a mi lado, pantalones, camisetas, gafas y colonias de todos los tamaños, colores y olores. El otro día me dijeron que debajo de algunas de esas cosas, también hay personas. No sé si creerlo.
Me siento en mi puesto de trabajo. A veces ayudo a voces con nombre y apellidos que dicen pensar y opinar, a resolver sus problemas con máquinas que ni piensan ni opinan, pero siempre tienen la culpa. Y entonces, alguien me recuerda, una vez más, que mi objetivo no debe ser ayudar, sino vender. Vender. Si además de vender, puedo ayudar, pues bien, pero nunca lo segundo en ausencia de lo primero. Vaya, a mí ayudar me parece de lo más humano que puede hacer un hombre... pero quizá para un hombre sea un lujo comportarse como un humano.
Termina mi jornada laboral de duración aleatoria; a veces son 8 horas y otras, algo más. Es curioso... nunca son menos, supongo que son cosas del azar. Hoy estoy de humor, daremos un paseo por la ciudad. El paisaje no me sorprende, tiendas, bares, bancos... y más tiendas. A veces, se ve algún árbol confundido y desorientado creciendo en el asfalto. Pobres, ellos están aún peor que nosotros.
Si abro el diario, veo noticias entre la publicidad. Si enciendo la televisión, veo programas entre la publicidad. Mire a donde a mire, sólo hay publicidad junto a otra cosa. Y no lo entiendo. Los productos que anuncia la publicidad los hago con mi trabajo. Trabajo, para comprar los productos que anuncia la publicidad. Algo falla.
Debería estar acostumbrado, cuando yo nací, esto ya era así... pero sigo sin entenderlo. ¿Dónde están los demás? ¿Dónde estoy yo? ¿Quién cambió a las personas por maniquíes andantes que anuncian sus productos? ¿Quién tapó el cielo con vallas publicitarias? ¿Quién echó asfalto sobre las praderas? ¿Quién me ha robado el Mundo?
Actualización: En realidad, no se trata de un declive moral, sino de una reflexión, de dentro hacia afuera, sobre la ominipresencia del capitalismo en la sociedad. Ominipresencia que llega hasta tal punto, que resulta en extremo difícil imaginar un mundo
diferente, en el que no tengamos la sensación permanente de vivir en un gigantesco mercadillo.
Esta entrada está inspirada por este artículo de
Rebelión:
Medidas y cálculos: algunas razones para apoyarse en Cuba